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sábado, 14 de julio de 2007

LA FUENTE Y NARCISO




Narcisismo: mito, teoría y clínica psicoanalítica





I Sobre el mito.

Cuando Narciso, hijo de Liríope y quien la violara, Cefiso (Dios de las aguas), muere ante la fuente en la cual vio reflejada su peligrosa belleza, se consuma uno de los momentos míticos más impresionantes y crudos.

Al decir mítico, hablamos de algo con carácter de inconsciente. Como un sueño que aunque colectivo “…responden en última instancia, a fantasías de deseos y a situaciones traumáticas que lo motivan (…) productos fantasiosos en que pueblos enteros vuelcan y renuevan sus deseos a través de los tiempos.” (H. Mayer)

Así, si consideramos el mito como producción del inconsciente, por responder a fantasias, deseos y traumas de civilizaciones, también debemos reconocer que una cierta parte de ese mito no podrá ser interpretado, o mejor, la interpretación se dará hasta un umbral o límite infranqueable: el ombligo del sueño.

Lo que si sabemos es que básicamente todo mito gira alrededor de tres grandes temas: orígenes, sexualidad y muerte.

Liríope (ninfa, o sea suma belleza) es violada por Céfiro. Al darse cuenta que estaba embarazada acude al adivino Tiresias, intentando saber sobre la suerte de ese hijo que alojaba en su vientre, concebido en tan penosa y oscura situación. El adivino dice que este hijo vivirá hasta que se conozca a si mismo. Este chico resultó ser Narciso.

Se sabe de él luego en su adolescencia (dato reiterativo en todos los personajes míticos, el “periodo de latencia” en la memoria colectiva), donde su belleza y arrogancia eran conocidas, admiradas y deseadas por todos (todos, incluye ambos sexos). Ante la seducción o la manifestación del deseo, Narciso respondía con la indiferencia.

Ojalá ame el de este modo, y de este modo nunca llegue a poseer al ser amado!

Así decían los despechados a los cuales Narciso no correspondía. Aménio (también agua) se enamora de él, pero ante la negativa termina matándose con la espada que el mismo Narciso le diera, como muestra cruda e irrefutable de su total desinterés. Artemisa, diosa de la caza, al oír tantos lamentos de los defraudados, toma cartas en el asunto preparándole a Narciso una agotadora jornada de caza, en la cual por la sed, termina frente a una hermosa fuente donde apagar su sed, pero…

…mientras anhelaba apagar la sed, otra sed ha brotado.
Mientras bebe, observa en la fuente una bella imagen que le hace sentir un gran deseo, deseo de poseerla. Se desespera por llegar a ella y sucumbe en la insistencia, por repetición compulsiva, unánime al borde de la fuente, descubriendo que ese ser tan bello y magnifico (e inalcanzable) era él mismo reflejándose en esas aguas en la forma de un ser imposible y engañador. Pretendiendo estar al alcance del deseo, del placer.

…la abundancia me ha hecho indigente. Ay, ojalá pudiera separarme de mi cuerpo!

Finalmente el mandato se ha cumplido, Narciso muere sin poder alcanzar la unión amorosa con eso que tanto ama y anhela: su propia imagen reflejada en el otro (o, él afuera, en el otro); ésta imagen lo cautivó creándole la apariencia (en ese otro) de completad, integridad, omnipotencia y eternidad.

II Sobre la disputa entre Eros y Thanatos.




Desde el mito y con una mirada a la clínica (y viceversa) , el psicoanálisis, en el estudio del narcisismo iniciado por Freud, ha intentado trazar el recorrido de la pulsión desde sus primeras formas meramente de auto conservación y auto erótica en organismos en formación hasta la investidura objetal; ha podido establecer las formas, los procesos y mecanismos de identificación a través de la formación y evolución del aparato psíquico; y, finalmente, ha dado cuenta de lo inherente que es el narcisismo en la estructuración de todo sujeto. Asi también, en que medida es normal o patológico, con relación a la pulsión (o agresión) y la identificación, y como se relacione el sujeto con el objeto.

Freud propone inicialmente situar al narcisismo por entero del lado de las pulsiones de vida. El narcisismo primario es el primitivo amor que el niño tiene de sí antes que aparezca el objeto sexual y con el yo aun en vías de formación. Es la investidura libidinal del yo correlativa a su formación. Este proceso se da, según Freíd, gracias a que las pulsiones sexuales se apoyan en las pulsiones de auto-conservación.

En el proceso de formación del narcisismo, Freíd dio gran importancia a nociones tales como repetición e identificación. Con respecto a las identificaciones, tenemos en principio las identificaciones primarias, que fundan el yo inicial, asi como las identificaciones secundarias (simbólicas) formadas a partir del yo real definitivo y en el ideal de yo.

Por otro lado, Freud noto en 1.914 que ciertas conductas, de manera independiente, parecían sucederse repetidamente en un sujeto, ante el desconcierto de éste. A estos fenómenos los denominó repetición y los consideró como sustituto al recuerdo, operante en el ámbito del principio del placer. “se repite en lugar de recordar”, deciá Freud.

Asi también noto que ciertas repeticiones, por su carácter nocivo o destructivo, obraban al margen de tal principio del placer (más alla del principio del placer). Es así que llegamos a uno de los más drásticos giros de la teoría freudiana. En 1.920, Freud comienza a hablar de la pulsión de muerte, que tendería a la aniquilación total de la vida anímica, la ausencia total de deseo, el retorno a lo inorgánico, al cero absoluto. Esto se daría en un sentido contrario a la libido, pero sin ubicar Freud a ambas fuerzas pulsionales en la misma categoría. Autores más recientes sostienen sin embargo que así como Freud le da un sentido erótico a la investidura inicial, también esta puede ser de carácter tanático.

Esta pulsión de muerte o tanática, estaría en constante puja con la erótica como protagonista de este conflicto pulsional. Tanto Eros como Tanathos se disputan la prevalencia en el narcisismo de cualquier sujeto.

Esta pulseada entre instintos, en la posición de autores más contemporáneos, puede resumirse en lo que dice en lo que dice A. Green: “…es imposible atenerse a las formulaciones explicitas de Freud sobre el narcisismo, que lo sitúan por entero del lado de las pulsiones de vida (…) al narcisismo positivo se debe aunar su doble invertido que propongo llamarlo narcisismo negativo”.

En base a lo anteriormente dicho, se han reconocido dos tipos de narcisismos que pueden ser narcisismo normal o erótico, y narcisismo patológico o tanático.

III Sobres las identificaciones primarias.
Así como el narcisismo se constituyeron la primitiva investidura del yo, también se constituye mediante la identificación primaria, que es la conformación del sujeto según el modelo del otro (madre), en el momento en el que el universo del niño es aun amorfo, sin un pleno conocimiento de sus limites y sin una clara noción o conocimiento del otro. Este sujeto se conforma con la madre como espejo. (Lacan)

En función de ese otro se organiza su desordenado universo auto-erótico hasta llegar a la formación de de esa unidad de representación de sí que es el yo. El Infans se descubre en un semejante, que cree ser el, con el cual mantiene una intensa relación de ambivalencia: por un lado le proporciona placer al representar lo que para el es aun un ideal; lo unifica, le da integridad y completad; pero, por otro lado, lo defrauda, pues es (finalmente) otro, un ser diferente y no todo es igualdad o simetría. No siempre está presente, o incluso cuando está puede llegar a promover el primer sentimiento de lo siniestro. (H.Mayer)

Correlativamente a la formación del yo y su investidura libidinal sucede la representación del cuerpo, la cual se va dando gracias a la relación afectiva, en lo corporal, que el niño tiene de la madre como primer identificante. Así, si bien existe una plataforma biológica, la erogeneidad también se va formando y evolucionando sobre la base de ese tratamiento afectivo de la madre para con el niño en forma independiente a la maduración anatómica. El cuerpo anatómico será asiento del cuerpo erógeno. Su superficie será el lugar de registro de la relación afectiva con la madre, en la cual se sentarán las bases para la erogeneidad futura. Así también, este cuerpo registrará (para siempre) el amor o rechazo afectivo de la madre, independientemente de sus manifestaciones verbales.

Así, la imagen corporal de cada sujeto se forma primeramente sobre la base del deseo materno. Las sensaciones y percepciones se van organizando en esta imagen corporal en dos momentos que inauguraron dos dimensiones:

- Una dimensión imaginária (con predominio de estímulos visuales) de carácter netamente narcisista o auto-erótico. Y, gracias al lenguaje,
- Una dimensión simbólica (verbal) ya de carácter objetal.

En el ámbito de lo imaginario, el ser y la imagen se funden y confunden en una unidad viscosa e indisoluble. En la identificación del niño con esta imagen, este forma y organiza su primitivo yo. El otro especular determina al yo en su formación misma. En esta dimensión no existe la posibilidad de lo ajeno o lo extraño, esto se daría como una falta insoportable, una rotura de la integridad o una amenaza de fragmentación (castración).

En lo imaginario, el niño vive la ilusión de la completad, de la perfecta configuración, la omnipotencia y la eternidad. Lo parcial, lo incompleto, lo ocasional o lo efímero no tiene cabida en el ámbito de lo imaginario. En esta dimensión, de carácter absolutamente narcicista, no hay lugar para la simbolización o la ley (propias de la siguiente dimensión, la simbólica) por cuanto que la libido no ha superado su carácter estrictamente auto-erótico.

Estos procesos identificatorios que se forman a partir del otro (madre) tienen dos modalidades (con relación al narcisismo de la madre). En el primero de los casos, prepondera en la madre el yo realidad, el hijo es reconocido como objeto de amor (amor objetivado), como un ser independiente (con relación a la madre) en sus sentimientos y deseos. Prima aquí el principio de realidad (aceptación de la castración mediante), y este tipo de identificación primaria realista formará en el niño el yo realidad inicial y su primera investidura, así como la capacidad de relacionarse con el objeto de manera realista. Se da aquí el narcisismo normal (erótico o libidinal).

Las identificaciones primarias realistas serán responsables de las primeras cargas de objeto y de la evolución del yo realidad inicial en representaciones. Esto será posible en la medida que el sujeto pueda paulatinamente discriminarse del objeto, soportar su ausencia y reconocer su autonomía, gracias a la satisfacción erótica con éste. Asimismo, la ausencia temporaria del objeto deseado ayudará al desarrollo de las representaciones, las cuales serán primeramente de carácter visual para pasar a ser una combinación de lo visual y lo verbal. Estas representaciones al integrarse con otras da lugar a complejos sistemas ideativos más evolucionados e identificaciones secundarias.

Por otro lado, cuando la identificación primaria obedece al narcisismo de la madre, o sea, al yo ideal o ideal narcisista, el hijo será identificado como eso que falta o que altera ese ideal narcisista materno. No habrá, por parte de la madre, amor objetal pues no reconocerá al hijo como otro objeto, sino que lo verá, como ya dijimos, como algo que falta o que altera peligrosamente su ideal narcisista. Esto despertará en la madre sentimientos de rechazo o incluso deseo filicida inconsciente cuando ese ideal narcisista materno vacile peligrosamente. Asi, se forma en el niño el yo ideal, que pretenderá constantemente y compulsivamente alcanzar ese ideal materno absolutamente imposible e inalcanzable. Se forma así, por medio de las identificaciones primarias narcisistas, el narcisismo patológico o especular (Mayer, Kernberg) o la personalidad narcisista, que insistentemente buscará alcanzar esa imagen (formado por el otro narcisismo, el de la madre) reflejada en ese espejo, que nunca podrá alcanzar.

Según como se den en el niño estas identificaciones primarias (realistas o narcisistas), operan en el principio de placer genuino, o, de lo contrario, el principio del placer parental.





IV Identificación primaria y patología.
En el caso de las identificaciones primarias narcisistas la madre, al imponer su ideal, coarta al niño en sus aspiraciones eróticas y agresivas. Este no podrá aceptar la perdida perceptual del objeto (ausencia) y menos aun podrá representar (simbolizar) al mismo. Buscará siempre, compulsivamente, un objeto ideal (y por lo tanto inalcanzable e imposible) y omnipotente que lo supla en su capacidad de representar al objeto real o para superar, en vano, la ausencia: un ideal narcisista.

Así, la investidura no estará en la representación psíquica del objeto, sino en ese objeto que, en algún momento, parezca ser aquel objeto inicial perdido. La repetición tomará la dirección de la representación imposible en una operatoria psíquica compulsiva e ilusoria en la cual se confundirá “el yo con el modelo y el tener con el ser” (H. Mayer). No se asimilaran los atributos del objeto, sino que este moldeará al sujeto desde el ideal narcisista.

Así también, vimos la relación que guardan la afectividad y la evolución erógena del cuerpo, teniendo en cuenta que éste será el registro de la aceptación o el rechazo de la madre. Esto será de gran importancia e la clínica pues aquí entenderemos a que nos remiten, por ejemplo, las conversiones, las rarezas de la perversión y los padecimientos hipocondríacos.

Tenemos así que nuestro yo no es de nacimiento, se forma desde el otro, con sus reglas que nos preceden y determinan. En él conviven, negocian y se disputan lo que traemos profundamente como nuestro (pulsión, agresión, principio de placer) y lo que nos impone con su existencia el otro (razón, ley, principio de realidad). El yo es hogar de dos erotismos: el del niño y el de la madre. La formación del yo y la investidura narcisista van a depender de la creciente hegemonía del principio del placer y la acumulación de experiencias satisfactorias.

V Enfoques en la clínica.
La personalidad narcisista es un tipo específico de patología de carácter. Herbert Rosenfeld sostiene que las personalidades narcisistas se forman por haber introyectado en forma omnipotente un objeto parcial, primitivo, eternamente bueno. También puede ser en sentido opuesto, o sea, proyectar omnipotentemente su propio si-mismo hacia dentro de ese objeto. Estos fenómenos pueden darse en forma separada o simultáneamente. Según Rosenfeld, éste es el motivo por el cual estos sujetos niegan cualquier diferencia o separación entre el si-mismo y el objeto. Este autor, al igual que Melanie Klein, considera a la envidia como la más temprana agresión dentro de las relaciones objetales, siendo ésta “una expresión intra-psíquica primaria del instinto de muerte”. Estas personalidades poseen una auto imagen totalmente idealizadas y niegan todo lo que se oponga a esa imagen.

Heinz Kohut sostiene que el diagnostico de las patologías narcisistas puede darse únicamente en el ámbito de la transferencia psicoanalítica, donde esta puede ser de dos tipos: transferencia de idealización o de reflejo. En la primera se activa en análisis una imagen paternal idealizada. Esta idealización se da cuando el paciente siente el vacío por la falta de ese objeto de transferencia idealizado. Este tipo de transferencia deriva de un auto-objeto arcaico y rudimentario. El segundo tipo de transferencia, la de reflejo, se da cuando en análisis se activa el si-mismo grandioso dando lugar a diferentes niveles de regresión, siendo la más arcaica la resurrección de una identidad primaria de si-mismo y del objeto de edad temprana.

La transferencia, más allá del tipo que sea, reactiva en análisis una etapa detenida de la formación del si-mismo grandioso arcaico. La vacilación o fragilidad de este, requerirá de la empatía o reflejo de la madre como auto-objeto. Para Kohut, la patología narcisista se da por la “falta traumática” de la función materna empática y desarrollo perturbado de los procesos de idealización. Esto produce un corte, una detención en el desarrollo en el punto del “si-mismo grandioso arcaico infantil”. Esto traerá la búsqueda eterna del objeto idealizado que permita completar la estructura.

Otto Kernberg sostiene que tanto el narcisismo normal como el patológico se forman de la relación entre las representaciones del si mismo con las objetales y los objetos externos, así también, del conflicto del instinto (libido y agresión). El narcisismo normal se caracteriza por la carga libidinal del si-mismo en una estructura donde se han integrado componentes cargados de libido y agresión. Las representaciones del si-mismo “buenas” o “malas” están integradas en un concepto realista del si-mismo. Esto es un requisito para la caracterización de un si-mismo normal. En contrapartida, dice Kernberg, el narcisismo patológico refleja una carga libidinal en una patología del si-mismo: el si-mismo grandioso patológico, que contiene (a parte del si-mismo real) representaciones del si-mismo ideal y representaciones objetales ideales. Así, “el narcisismo patológico refleja no solo la carga libidinal del si-mismo más que en los objetos o representaciones objetales, sino también en una estructura patológica del si-mismo”. Las personalidades narcisistas no se forman de una fijación en un nivel normal del desarrollo temprano o de una falta de desarrollo de ciertas estructuras, “son la consecuencia de un desarrollo patológico del yo y superyo, derivadas del desarrollo patológico del si mismo”. En la transferencia el si-mismo patológico trae a escena relaciones objetales y operaciones defensivas primitivas, de etapas previas a la constancia objetal. Sin embargo, estas transferencias pre-edípicas son siempre condensadas por conflictos derivados edípicamente.

Los pacientes con personalidad narcisista moderada (por dar una categoría) operan con síntomas neuróticos mas o menos típicos, buena adaptación superficial, sentimiento de aburrimiento constante y vacio. Tienen una necesidad incoherente de tributo de los demás (en la medida que estos le sean útiles) aunque poseen poca capacidad de empatía y carga emocional para relacionarse; y, además, necesidad de éxito personal, pero con poca capacidad de producción efectiva. Habitualmente desarrollan depresión, con un sentimiento de “haber desperdiciado la vida”.

Los casos más graves se caracterizan por: falta de control de los impulsos, rabias crónicas y explosivas o manifestaciones paranóides en las cuales se pueden dar delírios. En la conducta sexual, manifiestan fantasías y actividades perversas polimorfas con componentes sádicos. En los casos en los cuales la agresión primaria llega a infiltrarse en el si-mismo grandioso patológico, se da lo que Kernberg denomina “narcisismo maligno”, que se caracteriza por la demanda del si-mismo (crueldad gozosa) o demanda de triunfo sobre la vida y la muerte (auto-mutilación grave o suicidio). Finalmente, con relación al tratamiento, sostiene Kernberg, que en la medida que la tendencia antisocial aumenta, empeora el pronóstico. Esto se pone peor si, sumado a esta conducta antisocial, se da una infiltración sádica en el si-mismo grandioso patológico o conducta sexual gravemente sádica.

VI Cierre.
Finalmente, pienso que se da que el narcisismo de todo sujeto se forma en base al narcisismo del otro (madre). Esto me hace pensar, volviendo al mito, en esa recreación de Oscar Wilde de la muerte de Narciso en “El Discípulo”, donde las ninfas, llorando por la muerte de Narciso, exclaman…

¡Era tan bello!
Ah! ¿Era bello?
– pregunta la fuente.
Tú lo sabes mejor que nadie –responden las ninfas- Narciso se pasaba todo el día inclinado sobre el espejo de tus aguas contemplándose.
Pues si yo lo amaba –dice finalmente la fuente- era porque gozaba viendo en sus pupilas el reflejo de mi propia belleza.
Esto, y todo lo visto anteriormente hace que me pregunte ¿Quién padece “lo de Narciso”? se da el narcisismo de ambos? Ese sucumbir ante la fuente (agua, liquido) no es una doble muerte? La de Narciso en el intento de retorno a la madre imposible y para la fuente la muerte de esa imagen (ideal) en las pupilas de Narciso?

Asi también, cuando hablo de muerte, me remito necesariamente a Lacan, cuando en “el mito individual del neurótico” (1.953) habla de la relación narcisista como “…primera experiencia implícita de la muerte”. Esto es en tanto que en esa imagen especular se ve uno mismo (en el otro) como ideal, perfecto, completo e integrado: ESO ES LO QUE SERE. Pero, eso hace también que en esa imagen de completad se reconozcan las limitaciones, la carencia o todo eso que está ausente o falta aún para ser “ESO”. Esta percepción de falta o carencia ante la posible (pero lejana) propia realización, da la primera noción de muerte: ESO ES LO QUE NO SOY Y NO SERE, o, SOY NADA. Y esto, me pregunto, ¿no es acaso la inicial, básica y constitutiva lucha entre Eros y Thanatos? Y, en esta puja, por rechazo o empatía, por odio o amor, ¿de que modo influye la madre para que en el niño se de ESO ES LO QUE SERE, o, de lo contrario, ESO ES LO QUE NO SOY Y NO SERE?

Por ahora me queda lo siguiente: Narciso muere en la fuente sin poder alcanzar-se. La fuente en cambio permanece, y para siempre.

1 comentario:

Unknown dijo...

Flavio, super interesante el tópico, aunque extremadamente técnico, consideraste publicarlo en páginas especializadas?