
(Presentado en el año 2000 en la Sec. De Posgrado de la facultad de Psicología de la U.B.A.)
En este trabajo intentare abordar el lugar que tiene en el imaginario social el beber, en el ámbito cultural de la provincia de Corrientes, analizando su máxima expresión cultural: el chamamé. Tomare la lírica de estas músicas, de la creación de unos de los más importantes poetas correntinos de este genero musical: el padre Julian Zini.
Por otro lado, analizaré desde el psicoanálisis el discurso social y como este influye en el sujeto. Veremos las condiciones de estructura que sitúan al beber como acto y el papel que juega la angustia, como esta se forma y como opera.
Así también, veremos cual es el abordaje psicoanalítico de las patologías del acto, en este caso el beber, y de que modo el psicoanálisis podría hacer tomar conciencia a la sociedad de los peligros del beber disimulado en su decir social como fenómeno cultural.
I
El chamamé es parte del acervo cultural del correntino, le es propio. Es lo que es en tanto que es correntino, y encierra en sus letras y sus acordes el ser correntino, en su esencia. Es cultural: captura al correntino en su ser antropológico. Bueno, sencillo, melancólico, apegado a su tierra, defensor de su honor y sus creencias, “musiquero” y a veces pendenciero.
La bebida, en el decir folklórico, lo atraviesa; es fundante de un nuevo hombre en el que afloran sentimientos y sensaciones que sin ella no se dan. Lo hacen revivir sentimientos latentes, lo hacen tomar coraje y soltarse... y hablar, eso que tanto le cuesta por esa rigidez necesaria para sostener la imagen propia.
Compadre, ¿qué tiene el vino
Que usté al tomar
Comienza a sentirse hombre
Y empieza a hablar...
A hablar de lo que más quiere,
De su verdad,
Y es como si despertara
A la realidad...?
Como si el SER HOMBRE, estuviese condicionado por la entrada de la bebida a la sangre, lo condiciona, y solo a través de ella es posible alcanzar SU VERDAD. Es despertar a LA REALIDAD.
Si es condición el vino, para ser hombre, podemos decir que le es vital para SER. Como condición fundamental para lo anímico, como si fuese su sangre.
...Que extraña divinidad,
Qué fuerza liberadora
Tiene el vino, ¿qué será...?
¡Que se mezcla con la sangre,
Que le sube y es capaz
De desatarlo por dentro,
Compadre, y hacerlo hablar... !
Pero no es solo sangre en tanto que vital para el hombre, sino como flujo de vitalidad que viene de afuera y de mas allá y renueva al ser. Viene de la mismísima madre tierra, y hasta de dios.
“...El vino es sangre de Cristo
Porque es sangre popular...”
La parra chupa en el suelo
Tanta sangre fraternal
Que hay en la tierra vertida,
Que clama al cielo y está
Juntándose desde siglos
Buscando hacerse escuchar...
Representa a todos los hombres, a los otros hermanos, que están en el vino. Que están allí por encarnar a lo ideal.
...La sangre de los hermanos
Que amamos y ya no están...
De nuestros muertos queridos
Que nunca nos dejarán...
De los que dieron la vida
Porque amaron de verdad...
Los que eligieron morirse
Por no saber traicionar...
Los que encontraron la muerte
Buscando la libertad...
Los que dejaron sus huesos
En Malvinas y Soledad
¡Como raíz enterrada
Que algún día ha de brotar... !
El vino acerca al hombre a sus ideales, pero también lo hacen soñar, en un ejercicio narcisista y autoerotico, en cosas mas mundanas, relaciones objetales que remiten a estados mas primitivos de su constitución
...Le hacia soñar despierto
Los sueños de hombre pobre:
Mujer, renombre y dinero.
Esto es lo que, con un lenguaje propio, nos dice esa manifestación cultural y folklórica que es el chamamé. El cual es simplemente una forma de expresión cultural determinada de una cultura regional determinada, y que, como vimos en Alcoholismo y Psicoanálisis de José Barrionuevo, de diferentes formas y en todas las épocas, el hombre a dado al alcohol este lugar de quitapenas o evasivo de la angustia.
II
Es en este caso el decir popular a través de su expresión cultural el que da cuenta de la relación del hombre con la bebida como elemento que al ser tomado para si aplacaría sus sufrimientos y angustias existenciales, los pesares y las injusticias de la vida, el maltrato del medio y de los otros hombres. Fundarían al sujeto común como hombre ideal, fuerte, eterno y omnipotente, al cual la muerte y los peligros no lo afectan (estado de omnipotencia narcisista, propio del alcohólico: “a mi no me va a pasar”). Así también, este hombre ideal estaría por encima de las leyes y las normas del resto de los hombres (la desmentida, como reconocimiento de un juicio y su desautorización, y el no reconocimiento de la castración).
El decir popular (imaginario social) toma a la relación del hombre con la bebida desde el saber del sentimiento, desde la ley del corazón, desde el narcisismo que no puede dar cuenta de lo real pues se le hace insoportable, y cede a la desmentida. En un mecanismo similar el alcohólico, por la omnipotencia narcisista, rechaza la castración por vía de la desmentida, sobredimensionando lo imaginario contra un déficit o debilitamiento en lo simbólico, de la palabra. El debilitamiento en el significante del nombre del padre, refuerza un darse nombre en lo imaginario para sostener la estructura. Es en este imaginario donde opera el decir cultural, la música, las poesías, los dichos, refranes y valoraciones que generación tras generación son introyectadas como discurso propio de cada sujeto, que intenta dar nombre a un hombre abrumado por real. Lo real (muerte) ante el cual el sujeto toma una posición asumiendo el lugar de la muerte misma, para defenderse de ella. Real donde el objeto ha dejado de estar al servicio del hombre, ha dejado de ser una proyección de las fantasías, para pasar a ser constituyente del hombre. Del tener, en tanto que proyección y movimiento del ser (movimiento erótico y relación libidinal objetal), al ser con el objeto como condicionante. Se pierde al sujeto, o mejor, el sujeto se pierde por el eco que hace en su estructura, ya predispuesta, el decir de ese imaginario social, que lo ayuda a nominarse y a desenvolverse autoeróticamente en relación al objeto. Cuando este en vez de proyectar, lo diga todo.
..Y entonces si fui rico:
Tuve amigos, compadres,
Y un vino...
Este es el lugar de la bebida en el imaginario social: un “quitapenas”, “para matar la angustia”, “para soltarse”, “para pasarla bien”, “para darse animo”, “para darse coraje”.
De eso da cuenta el discurso social. Es aquí donde se plantea, en contraposición el discurso analítico.
¿Que satisface la bebida? ¿Que vació llena que sea tan importante y reconocido para que culturalmente haya una apreciación tan positiva y constitutiva del SER HOMBRE para una determinada cultura o sociedad?
Freud decía, en El malestar de la cultura, que el hombre necesitaría de ciertos “lenitivos” para soportar la existencia, las decepciones y las vicisitudes de la existencia misma. Estas sustancias lo harían, a través de la alteración del mundo sensorial, tener acceso a un mundo opcional, alternativo y mejor, incluso a un “otro yo”. Un doble recuperado de instancias primordiales de la constitución del psiquismo humano que vendría a ser depositario de ideales inalcanzables por el sujeto. Vendría a ser la imagen de un otro ideal con la misión de sostener la imagen propia cuando esta y el fantasma vacilan, pasándose así a la dimensión de la angustia.
Todo esto debe ser tenido en cuenta como un movimiento totalmente narcisista y autoerótico, como protección ante lo irredimible y aterrorizador de la realidad. Esto es, sostener las representaciones de si del sujeto “allí donde el deseo oscila”. (José Barrionuevo)
Lo importante de destacar aquí es que si hablamos de alcoholismo como patología del acto, estamos hablando de la dimensión de la angustia. Es en esta dimensión donde esta la diferencia entre el beber “normal” y el beber patológico, en el sentido de que en la dimensión de la angustia la bebida buscaría “... revivir el deseo, aunque lo que se logra es abrir una puerta al goce, la cosificación del deseo, y, a falta de significantes que lo representen al sujeto es el signo el que lo soporta en un acto: el beber, por el cual vía compulsión a la repetición supone poder llegar a ser reconocido finalmente, vana ilusión.” (José Barrionuevo). Intenta nominar a lo que no llego a ser inscripto en lo simbólico y vuelve como un llamado del cuerpo que intenta recuperar en la bebida ese flujo vital que lo colme ante tanta necesidad, intentando volver a etapas anteriores y primordiales. Antes incluso de la primera y constitutiva manifestación de la angustia, la angustia primordial y fundante: el nacimiento.
Cuando hablamos de angustia tenemos que tener en cuenta que hablamos de una manifestación del sujeto en carácter de respuesta ante un peligro, estaría relacionada a la pulsión de autoconservación, lo que Freud en su 25º conferencia llamo angustia realista, unida al reflejo de la huida ante el peligro. Se desarrollaría la angustia como respuesta del yo ante casos de peligro como preludio a la huida. Así también, nos dice Freud, la angustia neurótica estaría relacionada a un intento de huida del yo ante los reclamos de su libido, tratándose al peligro interno como si fuese externo. La angustia nace de la libido misma, según Freud, y de ésta (la libido) proviene el síntoma.
Prevalecería, según Freud, la huida por sobre la angustia como respuesta normal. Esta angustia neurótica estaría mas relacionada con la angustia infantil, en tanto que “...se genera a partir de una libido no aplicada y sustituye al objeto de amor, que se hecha de menos, por un objeto externo o una situación.” (Freud)
Ante la ausencia de la madre, el niño no toleraría esa libido inaplicable que no sabe de esperas y ausencias, y surgiría la angustia.
Por ser originaria de la libido, la angustia tomaría forma cuando esta (la libido) sea afectada por la represión, por eso decía Freud que los estados de angustia están relacionados, en el neurótico, a la retención sexual.
Ahora bien, el efecto de angustia es la repetición de una sensación o impresión temprana que es producida como repetición. En la angustia se repite la sensación experimentada en el nacimiento: sufrimiento corporal por la aparición en forma abrupta de necesidades aun sin nombre para el sujeto, sufrimiento que es vivido como peligro mortal. (Freud)
Es la repetición de esta sensación lo que tomará forma como estado de angustia. O sea: esa sensación será repetida por el sujeto con el nombre de angustia. “El enorme incremento de los estímulos sobrevenido al interrumpirse la renovación de sangre (respiración interna) fue en ese momento la causa de la vivencia de angustia; por tanto, la primera angustia fue una angustia tóxica.” En ese momento fue vivido como situación real, a partir de allí será repetido en el afecto. De allí nace la angustia, ante el sentimiento de vació por una necesidad, de la separación de la madre, a la cual el sujeto nunca mas podrá tener como fuente de in-flujo vital para sostenerlo en una estado de absoluta completud.
La bebida sería, en el acto del beber, signo en el sujeto allí donde se rompe la cadena significante, dando paso a la dimensión de la angustia que el alcohol pretendería aplacar.
Era en el liquido donde vivíamos en la absoluta seguridad, sin conocer de faltas y ausencias, sin saber del otro y el deseo. Ese liquido era nuestra vida, nuestra “respiración interna”. Fuimos separados violentamente de el y ante la falta conocimos la angustia, “angustia toxica”. Ante esa falta sin nombre tomamos conocimiento del otro en el pecho de la madre que nos devuelve un poco de ese liquido vital nunca más eterno. En esa ausencia está la angustia. ¿Pretendería la bebida “repetir” esa “respiración” cuando no hay palabra?

III
Para el psicoanálisis, si hablamos de una patología del acto, la bebida daría ser al sujeto que se sitúa como objeto a. Este es el discurso que el análisis cambiaría, “mediante el discurso analítico el sujeto se manifiesta en su hiancia, a saber, en lo que causa su deseo” decía Lacan, en el su Seminario XX. Esto es pasar de la dimensión de la cosificación del deseo, a la palabra para poner coto al goce del otro. Pasar al síntoma, ligado al lenguaje, que, como Lacan nos decía en su Seminario XXIII; es el que sostendría la estructura, seria el cuarto eslabón del nudo borromeo de tres y seria también el padre. Estamos hablando de reforzar lo simbólico, o sea, la ley. Pasar a la dimensión del síntoma para “destituir al acto de su lugar de privilegio u pueda trocar el goce a aquel ligado por un goce acotado, posible, sublimatorio”. (José Barrionuevo)
Se debe instituir a palabra por sobre el acto, ese es el aporte del psicoanálisis en la clínica de las patologías del acto. Ahora bien, ¿podrá algún día el discurso analítico operar sobre el imaginario social y restituir el discurso amo que allí opera? ¿No sería esto necesario, teniendo en cuenta las influencias negativas que la “modernidad” de esta sociedad tienen en relación a la personalidad misma de los individuos y al discurso que luego pone en su circuito como decir popular o moda? ¿Puede el psicoanálisis hacer conciente a la sociedad de los peligros del beber disimulado en sus expresiones culturales, dichos populares, modas, costumbres, ritos, o cualquier otro fenómeno cultural?
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